Crónicas de la hora bruja (II): El círculo roto.

 

 

– ¿Quién va?

– ¿No sabes quién soy, amigo mío?

– ¿Maestro? ¡Maestro! ¡Qué gusto!

– Vine porque así lo has pedido, y lo primero que quiero hacer es felicitarte por cumplir con el favor que te pedí ¿cómo te sentiste?

– Verdaderamente estúpido, maestro. Pero después de un tiempo logré entender que todo alrededor de mí, late por su propia cuenta. Los árboles silban rezos y el suelo cuenta historias de sus raíces. A veces dejo de escucharlos, pero es cuando mi corazón se cierra y sólo permite la entrada de sangre, convirtiéndose en una máquina irónica que vive sin vivir.

– Y en este momento, estás sordo…

– No. Creo que escucho demasiadas cosas. Hay demasiado ruido. Hay demasiadas voces. Y no sé si eso es peor…

– Juegas mucho con los extremos, mi querido amigo. Eso no es sano para tu corazón y mucho menos para tu cabeza. ¿Recuerdas que te dije que debes matar a un tigre? Los depredadores observan a su presa solo para después devorarla. Hay una acción después de la  contemplación y de la reflexión.

– Aprendí a luchar solo, maestro. Y ya no sé si quiera seguir siendo un animal que mata…

– Yo no te entrené para eso. No perdí mi tiempo para que uno de los mejores guerreros se quede meditando en sus actos. Yo te hice para hacer, no para pensar. Aparta esos pensamientos estúpidos y escucha a tu instinto. Es tu naturaleza.

– ¿Y si no es mi naturaleza? Digo, se siente bien pero…

-¡Pero ¿qué?!-

Grita el anciano, mientras su larga y huesuda mano golpea con el reposabrazos de su silla de ruedas.

– Tengo visiones de mi vida antes de ser guerrero. Recuerdo que sabía cómo abrazar, y que mis manos servían para tocar sin lastimar. Mis palabras funcionaban para construir puentes en vez de muros, y mi cuerpo  no huía de los seres humanos.

– ¡Eras débil! ¡Tenías miedo! Pero dentro de ti había un tizón encendido de voluntad y valentía. Te mostré el camino de las victorias y del honor de la guerra. Te iluminé para que vieras lo vital de las batallas. Te ganaste tus cicatrices. Las que sí valen la pena.

– No siempre hay guerras o batallas. Hay diferentes maneras de vivir una vida… Aprendí a tener miedo de mí mismo. Esa luz me mostró lo que en realidad soy, y lo que me limita. Vivía con el temor de lastimar a quien me quería, y era lo que terminaba por hacer. Abrazaba y asfixiaba. Soltaba y me abandonaban. Dejé de temerte y dejé de temerme… Pero este miedo no lo conozco, es la primera vez que lo veo. Tengo miedo de quedarme solo. ¡Carajo! ¡Tengo miedo de quedarme solo!

– Y haces bien, amigo mío. Veo que no he hecho un mal trabajo.- Dice el anciano mientras ríe a carcajada limpia. Al recuperar el aliento, saca su pipa café, pone tabaco en el orificio con el mismo cuidado con el que acaricia su barba. Pasa su mano por encima, encendiendo la planta seca, aspira vehementemente al tiempo que la habitación se llena de un aroma a azafrán y clavel.

– Amigo mío, es momento de enfrentar otro adversario. Es momento de empezar otra batalla. Pero esta vez, no serán necesarios tus brazos, tus manos o tus armas. En esta ocasión, pelearás con tu corazón. Es lo más fuerte que posees, por tanto, el enemigo más diestro. Si lo matas, mueres. Si no acabas con él, morirás. Acéptalo. Abrázalo. Cuídalo y nútrelo. Dómalo. Su fortaleza radica en su misma debilidad. Comparte con el mundo el gran regalo que te fue otorgado. Ya viviste en extenuación y en abundancia. Es momento de vivir entre ambas partes.

– Dejar de pensar, para empezar a hacer, ¿verdad?

– No. Pensar y hacer. Eso forma la intuición y ahí, es donde vive la magia. Eres tan libre como te permitas serlo.

– ¿Cómo acabará esta empresa, maestro?

– Parece que no me conocieras, amigo mío. Aún y si lo supiera no te lo diría.

Cierro los ojos un momento, y al abrirlos estoy solo en mi habitación. Una habitación oscura, a las dos de la madrugada, con un fuerte olor a copal y licor de capulín. Estoy seguro que en la mañana despertaré con un dolor de cabeza y una opresión en el pecho.

Al amanecer el día, desperté limpio e indolente.

 

Esa fue la primera vez que no luché con fantasmas.

 

Con la memoria de mi querido amigo y maestro DRM.

 

 

 

Las imágenes no son mías, fueron usadas por mero sentido estético.

About Axel

Comunicólogo amante de esos detalles que nos hacen ser una sociedad bizarra, idealista y dañina. Productor audiovisual, locutor comercial, maestro universitario y conductor de INDIRECTO TV